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Amador Fuente Giménez
2 minutos

Sábado—28 de marzo del 2020.

Hoy me levanto temprano, todavía no ha amanecido. Me tomo un café y preparo la mochila con el bocadillo, agua y unas piezas de fruta. Cojo la cámara fotográfica, bajo al garaje a por el coche y salgo de Burgos en dirección a la Peña Amaya. Empieza a amanecer y una fina niebla emborrona ligeramente el paisaje. Aparco el coche en un alto desde donde veo la Peña y me pongo a caminar en dirección a ella.

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Transito por este páramo pedregoso, con algunas tierras de labor y rodeado de carrascas, el viento sopla ligeramente, seco y frío, menos mal que me he abrigado bien. He llegado al final del páramo y abajo puedo ver el pueblo de Amaya, la vista me encanta, aunque es un poco borrosa.

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Y es en este momento cuando mis recuerdos se borran, ¿qué ha pasado?, no lo entiendo, ¿me he despeñado?, o quizá sólo ha sido un mareo…

Me encuentro sentado, con mi cabeza entre las manos, me cuesta abrir los ojos y no puedo centrar la mirada. No siento ningún dolor, busco a tientas mis gafas, aquí están, menos mal que no se han roto. Me froto los ojos y me pongo las gafas y todo cobra sentido otra vez.

Vaya por Dios, me acabo de despertar y estoy sentado en la cama, qué sueño más bonito he tenido.

El resto de la ruta formará parte de vuestros sueños e imaginación.

Buenos días amigos y salud. Yo me quedo en casa.

Os he puesto unas fotos de mi sueño emborronadas por la niebla.

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